• mazuste

    Puigdemont y la traición

    ¿Que hoy llega la independencia? Si la política de Mariano Rajoy es,
    dicho por él mismo, previsible, la que nos proporciona Carles
    Puigdemont, en cambio, es sorprendente, inventiva, creativa, innovadora,
    trepidante y personalísima. Un bombón para la prensa, por ende.
    Naturalmente que no se puede comparar con la de cualquier otro primer
    ministro europeo ya que Cataluña no es todavía la república que quiere
    ser y el presidente de la Generalitat ha de espabilarse solito, debe
    sudar la camiseta como cualquier aspirante, debe estirar más el brazo
    que la manga y ser vivo para no quedar aplastado por el adversario
    inclemente. Puigdemont es el príncipe valiente, el de Beukelaer, Carlos
    de Astuto, Carlos el Temerario, Astérix y también una especie de Harry
    Potter adulto. Nunca tendré suficientes elogios para valorarle como se
    merece. Puigdemont es la pesadilla más indeseable de España, mucho más
    terrible de lo que había sido Artur Mas, Pasqual Maragall o Jordi Pujol,
    lo que confirma la sentencia popular que es siempre mejor malo conocido
    que bueno por conocer. Cada nuevo presidente catalán, si exceptuamos al
    intrascendente José Montilla, mejora a su predecesor. Ayer el
    presidente Puigdemont se encarnó, sin darse importancia, sin previo
    aviso, en un personaje fundamental de Jorge Luis Borges, en una especie
    de Fergus Kilpatrick, el activista irlandés dispuesto a inmolarse para
    que triunfara la revolución a costa de su propio descrédito. Arriesgó su
    buen nombre e incluso la pervivencia política del PDeCat. Si algún
    analista político, si algún responsable público tuviera alguna ligera
    idea de lo que enseña el cuento de Borges titulado Tema del traidor y del héroe (Ficciones,
    1944) habría podido llegar a la conclusión de que el suicida, de que el
    traidor, de que el enemigo del pueblo puede ser a la vez el héroe,
    puede ser también el más osado y el más valiente. Puede ser también el
    más fiel servidor del pueblo buscando un camino poco trillado. Lo
    pretendiera o no, lo que cuenta es que Carles Puigdemont nos mostró ayer
    a todos, y sobre todo a su amigo personal Santi Vila, que España es
    irreformable e intratable, que la opción de un entendimiento con Madrid
    es una quimera, una superstición nacida de la negligencia, de la
    venalidad o quizás del oscurantismo.

    “La acción transcurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda,
    la república de Venecia, algún estado sudamericanos o balcánico…” dice
    el texto de Borges al principio y no es abusivo pensar que también está
    hablando de nosotros, con la barretina calada y quejicas, descontentos
    en todo momento y pacíficos ciudadanos de Cataluña. Carles Puigdemont ha
    conseguido llegar más lejos que ningún otro presidente que aspirara a
    la libertad nacional de Cataluña, al reunir a todos los diversos actores
    del independentismo y a todas las familias soberanistas sin distinción
    de derechas e izquierdas, de intereses partidistas, sin ser demasiado
    escrupuloso porque de lo que se trata es de sumar para realizar una
    revuelta que sea históricamente definitiva, nítida y socialmente eficaz.
    No tengo la más mínima duda de que si el líder independentista fuera
    alguien tan coherente como Benet Salellas o Anna Gabriel, que si el
    líder fuera Marta Rovira o Raül Romeva no habría estas sorpresas ni este
    desasosiego, ni hallaríamos las enormes contradicciones que vivimos hoy
    en el seno del movimiento soberanista. Cuanta más base social tiene un
    movimiento más difícil es conducirlo. No tendríamos diputados
    independentistas tibios ni moderados, no tendríamos dubitativos ni
    cobardes, es cierto, pero también es evidente que entonces el
    independentismo no pasaría del veinte por ciento del electorado, como
    una fe pura e iluminadora, perfectamente cohesionada pero marginal y
    utópica, como lo era en los tiempos épicos en que conversaba con mis
    maestros Josep Soler-Vidal y Marc-Aureli Vila a comienzos de los
    ochenta. Los dos me recordaban a propósito una entrevista que el
    presidente Lluís Companys concedió a un diario inglés en plena guerra,
    bien pudiera ser el Times de Londres. El entrevistador le
    preguntó que cómo era que él, líder de ERC, un partido burgués, no
    marxista, fuera aliado político de comunistas y de anarquistas en el
    conflicto de España. Entonces como ahora la necesidad de unidad de toda
    la sociedad catalana era la única posibilidad real de victoria ante el
    fascismo. Los intereses de la pequeña y mediana burguesía coincidían con
    los de las clases populares, para así poder defenderse de la avidez
    insensata de los grandes capitalistas, vino a decir el presidente
    Companys. Pues, eso, que estamos donde estábamos, entonces más o menos,
    como ahora.

    (Continuará)

    Jordi Galves