LA HIPOCRESÍA DE TRUMP Y SU POSIBLE IMPACTO EN LOS GOBIERNOS DE DERECHA EN AMÉRICA LATINA Por ROLANDO GARRIDO ROMO

Donald Trump acaba de ganar las elecciones primarias del Partido Republicano en Carolina del Sur y se encamina a ganar las asambleas en Nevada. Todo parece indicar que logrará la nominación de su partido para las elecciones presidenciales del próximo 8 de noviembre, a menos que sus dos más cercanos perseguidores, Ted Cruz y Marco Rubio, puedan conjuntar una coalición anti-Trump, y alguno de los dos decida dejar la lucha por la candidatura para sumarse a dicha posible alianza; en principio se ve cuesta arriba esa opción y Trump lo sabe, por lo que cada vez más, se acerca a ser el candidato republicano.
Trump ha insistido hasta la saciedad que va a cambiar las relaciones comerciales de Estados Unidos con varios países del mundo, ya que no obtiene beneficios con los acuerdos y tratados actualmente en vigor y además las empresas estadounidenses deciden emigrar a países con mano de obra más barata para producir ahí y después exportar esos productos al mercado norteamericano sin ningún obstáculo, lo que no deja ningún beneficio a la economía estadounidense.
Por supuesto que Trump no hace un análisis exhaustivo de las relaciones comerciales de Estados Unidos, ni toma en cuenta que esos productos importados llevan una parte de contenido nacional estadounidense; esto es, insumos fabricados en Estados Unidos o en ocasiones son ensamblados en dicho territorio, por lo que se generan empleos e impuestos internamente; sin mencionar que el abatimiento de los costos a través de la relocalización de fábricas y los tratados de libre comercio, ayuda a mantener bajo control la inflación en Estados Unidos.
Pero más allá de eso, Trump sólo se ha enfocado en denunciar a China, México y Japón como los principales beneficiarios del libre comercio, por lo que su política, en caso de ser elegido presidente, iría dirigida a hacer regresar a las empresas estadounidenses a su territorio, obligándolas a hacerlo, mediante la imposición de aranceles a los productos e insumos que elaboran en el exterior, para así destruir la ventaja de la mano de obra barata y de menores regulaciones e impuestos en los países en los que están asentadas, con lo que de facto, destruiría los tratados de libre comercio con México y Canadá; Centroamérica y República Dominicana; Panamá, Colombia, Chile, Perú y el recientemente firmado Acuerdo Transpacífico con doce países.
Si bien es cierto que los déficits comerciales de Estados Unidos con China, México y Japón son muy grandes , no son los únicos.
Consideremos por ejemplo el comercio de Estados Unidos con la Unión Europea; en 2014 Estados Unidos exportó 241,769 millones de dólares e importó 411,547 millones de dólares, es decir un déficit de 169,778 millones de dólares; es el mismo caso con Canadá a la que exportó 262,931 millones de dólares, pero importó 345,304 millones de dólares, para un déficit de 82,773 millones de dólares.
Y si nos fijamos en países en lo individual en Europa, destaca Alemania (dentro de la propia Unión Europea), a la que Estados Unidos exportó en 2014, 43,601 millones de dólares, pero importó la enorme cantidad de 121,486 millones de dólares, para alcanzar un déficit de 77,885 millones de dólares.
Y con los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) la historia es similar, pues Estados Unidos les exportó 75,923 millones de dólares, e importó por un total de 118,248 millones de dólares, para alcanzar un déficit de 42,325 millones de dólares.
Así, es claro que Trump sólo se está enfocando en México y en algunos países asiáticos por razones que van más allá de lo comercial.
¿Por qué no cuestiona el enorme déficit que tienen con la Unión Europea, especialmente con Alemania o con Canadá; por qué no menciona ni de pasada el déficit que tienen con la OPEP?
Porque Trump está enfocando su campaña a la población blanca, de mediana edad, de clase media y media baja, que busca “chivos expiatorios” de su situación y que se caracteriza por su falta de conocimiento del mundo exterior, su identificación con la cultura europea, blanca y cristiana de Occidente, y con el convencimiento de que los países de origen europeo son superiores al resto del mundo.
Trump está muy consciente de que iniciar una crítica contra los países europeos en materia comercial (lo hace por su política migratoria liberal), no caería bien entre su electorado mayoritariamente blanco, en buena medida xenófobo y hasta racista.
Por ello, el ataque pertinaz sobre los países “no blancos”, como México y los de “piel amarilla”, culpándolos de todos los males que sufre la economía de Estados Unidos; y en el caso de México, incluso del crimen y la drogadicción en la mayoría de la Unión Americana.
Por lo que respecta a la OPEP, es muy claro que las necesidades energéticas de Estados Unidos siguen siendo enormes, y por lo tanto no le importa demasiado ese déficit, más aún ahora cuando los precios del barril de petróleo han caído a menos de 35 dólares.
Ahora bien, Trump no ha hecho referencia a otros países latinoamericanos en sus invectivas en materia de migración y de comercio; se ha centrado sólo en México.
Esto se debe a que Trump y su equipo, por más incultos y xenófobos que sean, saben que tampoco es deseable enemistarse con todo el subcontinente latinoamericano, sobre todo si se toma en cuenta que Estados Unidos disfruta en general, de un superávit en su comercio con Centro y Sudamérica. En 2014, Estados Unidos exportó a la región (sin México) 166,175 millones de dólares e importó 141,617 millones de dólares, o sea un superávit de 24,558 millones de dólares.
Además, la estrategia de presión y desgaste que la administración Obama, las empresas multinacionales y las propias oligarquías de varios de los países más relevantes de la región han impulsado para acorralar, debilitar y/o cambiar a los gobiernos progresistas del área, ha resultado exitosa los dos últimos años, con la llegada de un gobierno de derecha en Argentina; la conquista de la mayoría absoluta por parte de la oposición, en la Asamblea Legislativa de Venezuela; el debilitamiento del gobierno de Dilma Rouseff en Brasil; el rechazo en Bolivia a que Evo Morales pueda reelegirse una vez más en el 2020; y las presiones que sufre el gobierno de Correa en Ecuador.
Así que para Trump, el problema con América Latina se resume a México y en todo caso a Centro América (por el tema migratorio, más que por el comercial), y de ahí que no ejercerá mayores presiones sobre los otros países latinoamericanos, centrándose en el área Mesoamericana.
Por supuesto, ello afectará enormemente al neoliberal gobierno mexicano, que no podrá esperar mucha solidaridad de sus contrapartes derechistas de la región, ya que cada uno de ellos intentará convenir con Trump por su cuenta, dejando a México y Centroamérica pelear solos contra el gigante del Norte.